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martes, 6 de septiembre de 2016

TRATAMIENTO COGNITIVO-CONDUCTUAL DIRIGIDO A AGRESORES SEXUALES

El tratamiento cognitivo-conductual, según Marshall (2001), ha demostrado su eficacia para la reducción del número de delincuentes sexuales que reinciden después de ser puestos en libertad. Su duración depende de las características del delincuente y oscila entre tres meses y un año. Todos los tratamientos se realizan en grupo, trabajando varias áreas:

Autoestima: Trata de aumentar la autoestima, ya que la baja autoestima disuade a las personas de intentar cambiar su comportamiento e impide que abandonen sus percepciones y creencias distorsionadas. Además, es también beneficioso en otras áreas del tratamiento, tales como la mejora de la empatía, el aumento de las relaciones íntimas, la disminución del aislamiento y la reducción del interés por el sexo desviado.

Distorsiones cognitivas: El término "distorsiones cognitivas" describe una amplia gama de percepciones, actitudes y creencias inadecuadas. Algunas de estas creencias y actitudes pueden estar bien arraigadas, y muchas de ellas tienen un gran interés para el delincuente, puesto que le permiten negar, minimizar, justificar y racionalizar las agresiones sexuales. Por ello, es importante que el sujeto asuma su responsabilidad, poniendo en duda la opinión expresada por éste y proponerle una interpretación alternativa para que reconozca, por una lado, las desventajas que le supone mantener sus opiniones distorsionadas y, por otro, los beneficios de cambiarlas.

Empatía: Son muy pocos los delincuentes sexuales que carecen totalmente de empatía. Sin embargo, sí muestran menos empatía hacia las víctimas de abuso sexual que otros hombres y, en lo que respecta a sus propias víctimas, carecen totalmente de ella. Esta falta de empatía parece ser el resultado de no reconocer el sufrimiento causado. Por lo tanto, de lo que se trata es de concienciar a estos agresores acerca del daño que causan, tanto real como potencialmente. La empatía por la víctima proporciona la principal razón para no reincidir.

Intimidad: Está orientada a proporcionar las habilidades necesarias para aumentar las relaciones íntimas apropiadas, reducir la soledad y modificar el apego de los agresores. Se ofrece una educación sexual para esclarecer cuáles son las conductas sexuales practicadas por parejas sexualmente satisfechas. También se abordan los mitos que existen acerca de la sexualidad, incluyendo las supuestas diferencias entre los hombres y las mujeres.

Conductas sexuales: Se imparte un curso de educación sexual básica en el que además de dar información general sobre fisiología, anatomía y reproducción, también se describen toda gama de prácticas sexuales comunes y relacionadas empíricamente con una mayor gratificación sexual.
Para muchos delincuentes sexuales el sexo es una forma de afrontar los problemas que no saben resolver de otra manera, valiéndose tanto de las relaciones sexuales apropiadas como del sexo desviado. Algunos fantasean con sus actos desviados mientras se masturban. La asociación de las fantasías desviadas, junto con la excitación inducida por la masturbación, aparte de consolidar el deseo de llevarlas a la práctica, crea firmes distorsiones cognitivas.

Estrategias de prevención de recaídas: La esencia de este módulo es la integración de todas las estrategias aprendidas en los módulos anteriores y el diseño de un plan de acción que tiene como objeto reducir el riesgo de que el sujeto vuelva a agredir.
Se ayuda a los victimarios a identificar tres aspectos presentes en su conducta delictiva: 
  1. aquellos factores de riesgo que se daban en el momento de la comisión de los delitos (baja autoestima, sentimientos de ira, ansiedad, desesperación, etc.)
  2. las conductas implicadas en todo el proceso delictivo (ganarse la confianza de un menor siendo simpático con él, buscar potenciales víctimas dando vueltas en coche, inventar excusas que le den la oportunidad de delinquir, etc.)
  3. los tipos de situación que constituyen un riesgo (estar solo con un niño, deambular de noche, conducir por caminos desiertos, etc.)
Al identificar estos factores, conductas y situaciones, el delincuente puede comprender mejor qué es lo que le lleva a delinquir, así como los pasos implicados en la cadena del delito, con lo que le será más fácil romper con ella. Una vez identificados estos aspectos desencadenantes, se le ayuda a planificar acciones para afrontar mejor o evitar estos factores de riesgo, comportamientos y situaciones.

Para Marshall, este programa de tratamiento de los Servicios Correccionales de Canadá ha demostrado que mejora la autoestima, aumenta la empatía, mejora la capacidad de tener relaciones íntimas, reduce sentimientos de soledad, corrige el interés por prácticas sexuales desviadas y cambia algunos aspectos de las distorsiones cognitivas, disminuyendo el número de delincuentes sexuales que vuelven a reincidir.





Bibliografía:

Marshall, W.L. (2001) "Agresores Sexuales". Barcelona. Ed. Ariel

jueves, 16 de mayo de 2013

AGRESORES SEXUALES: ALGUNAS CLASIFICACIONES

La violación de Lucrecia . Tiziano

La agresión sexual nace de la motivación del placer sexual forzado y la manifestación de poder, de control, de humillación; es un acto sádico de dominio.

Existen varias clasificaciones de agresores sexuales que se pueden dividir en tres grupos:
  1. Violador sádico: Es el más peligroso. Busca llevar a efecto sus fantasías sexuales y agresivas. Son personalidades antisociales que buscan dañar a sus víctimas. Su violencia va en progresión y pueden llegar a convertirse en asesinos en serie.
  2. Violador depredador: Busca demostrar su equívoca virilidad. Entiende que la víctima se encuentra en el lugar y momento equivocado. No se preocupa por ocultar su identidad. Planifica ir provisto de un arma.
  3. Violador motivado para cometer la agresión: La víctima es desconocida y no actúa impulsivamente, tampoco busca gratificación sexual. Son individuos inestables y hostiles con patrones de trastorno límite de la personalidad. Son muy proclives a la reincidencia.

  • Clasificación de Soledad Galiana y Helena de Marianas (1995):

Violación como mecanismo de compensación general: Predominan sus características personales por encima de su proceso de socialización. Estas características se concretan en una gran inmadurez personal y relacional, es decir, son inmaduros en la expresión de sus emociones y carecen de habilidades sociales. Su nivel de autoestima es muy bajo, tienen una opinión muy pobre de sí mismos y su asertividad es muy deficiente. En su sexualidad se perfilan como personas inmaduras, con indefinición sexual y necesitados de autoafirmación.

Pertenecen a un contexto socializador de sometimiento, en el que han recibido frecuentes mensajes de desvalorización por parte de personas significativas: entorno familiar y relacional, amigos de la infancia y adolescencia, entre los que tenían muy poca resonancia social.

Recurren a la violación como forma de compensar su déficit de autoestima, experimentando su poder en los momentos de la agresión como una forma de suprimir o al menos equilibrar la propia desvalorización personal. Compensan igualmente cualquier tipo de agresión recibida, real o imaginada y pretenden también demostrar su competencia sexual.

La violación tiene un móvil agresivo más que sexual pues su objetivo es provocar humillación y temor y tener la sensación de poder y no la satisfacción sexual.

La forma en que se lleva a cabo la violación es por asalto a una víctima desconocida. Es premeditada y la violación es su única finalidad. No hay elección personal de la víctima, sino que en función de una determinada situación que les hace sentirse seguros: mujeres que transitan solas por lugares solitarios, nocturnidad, etc., recurren a la primera oportunidad que se les presenta.

Violación "justificada": Predomina el proceso de socialización del agresor e incluso de la víctima como circunstancia explicativa de la agresión sexual.

Los agresores establecen una corta relación previa de tipo amistosa con la víctima y consideran determinante su comportamiento para que la agresión se produzca.

La violación es premeditada. Se produce dentro de un juego de "conquista", en el que el agresor utiliza un lenguaje indirecto, presuponiendo que la mujer entiende y acepta. En realidad, él desconoce cuáles son los límites que va a imponer la mujer, pero considera, porque así lo necesita y desea, que va a estar dispuesta al coito cuando él se lo proponga.

Se trata de sujetos que se sienten inseguros de su capacidad de atractivo sexual y no se arriesgan a plantear sus demandas de una manera clara y directa por temor a una negativa que les resultaría inaceptable. En lugar de plantear su deseo de llegar a una intimidad sexual cuando su víctima aún está acompañada o protegida en un lugar público, donde libremente podría negarse, fuerzan una situación en la que ya se encuentran a solas y comienzan la demanda sexual de una forma brusca para que la sorpresa o incluso el miedo anule la capacidad de reacción de la mujer.

La mujer no ha podido prever, por el comportamiento de su agresor hasta ese momento, cuáles son sus intenciones, pero en algunos casos se ha visto "obligada" a acompañarlo por no ser capaz de decir no ante su gran insistencia y haberse quedado sin recursos para continuar negándose. Ello supone que, en ocasiones, bajos niveles de aserción en las víctimas también intervienen para que estas situaciones de agresión sexual se produzcan.

Creen que es propio de la naturaleza y constitución del varón un alto nivel de pulsión sexual y que éste convierte sus impulsos sexuales en inaplazables y que la mujer debería se conocedora de esta característica de la sexualidad del hombre y no fomentarla si después no va a estar dispuesta a satisfacer su urgente e inaplazable deseo.

Violación dentro de una conducta antisocial: La agresión sexual aparece dentro de un conjunto de comportamientos antisociales, como una modalidad más de enfrentamiento con las normas establecidas.

Su comportamiento se rige por el principio de la inmediatez del placer: conseguir el máximo de gratificaciones inmediatas, sin considerar las consecuencias sobre los demás ni sobre sí mismos. Su control externo del comportamiento es  muy débil y carecen de control interno sobre su conducta. La violación se convierte en una forma de satisfacer las pulsiones sexuales de manera directa y al margen de los criterios éticos que la sociedad defiende.

Este tipo de agresor pertenece frecuentemente al ámbito de la marginación social. Como consecuencia de una prolongada vivencia de situaciones de inadaptación, presentan una fuerte destrucción personal y un marcado egocentrismo como formas de resistir en el medio hostil en que han sido socializados.

Emplean la violencia como forma de superar las frustraciones y la autodesvalorización y de compensar las carencias. Presentan frecuentes explosiones agresivas tendentes a recuperar la autoestima y resolver las situaciones que le son adversas. Son incapaces de percibir el sufrimiento de la víctima y no sienten ningún remordimiento por su comportamiento. Su profundo egocentrismo los lleva a pensar que es una especie de compensación a la que tienen derecho por todas la privaciones que han padecido.

Con frecuencia presentan una abundante conducta delictiva. atracos, robos, tráfico de drogas, etc. y comportamientos destructivos contra las personas, la propiedad ajena o las instalaciones públicas. Destruir es para ellos una forma de autoafirmarse y una fuente de satisfacción pues les produce sensación de poder, control y dominio sobre el medio que margina. Por ello, en muchas ocasiones la violación se presenta como un suceso que acompaña a otro delito que desata esta sensación de poder y los impulsa a ejercerlo aún más allá. La situación puede comenzar con un atraco o ser el desenlace de lo que comienza siendo una "gamberrada".

Es el agresor sexual que más frecuentemente actúa en grupo o, al menos, en compañía de otro.

Violación como medio de obtención de un determinado objeto sexual: Se trata de sujetos que llegaron a la violación como forma de conseguir determinado objeto sexual considerado atractivo para ellos y al que, de no ser mediante la violencia o engaño, no habrían podido tener acceso.

Su vivencia de la sexualidad está muy centrada en la fantasía. Son especialmente impactados por el material pornográfico, sobre todo en determinadas etapas de su vida que, por una razón u otra, resultan particularmente significativas. Puede ser el momento en el que se inician en la sexualidad adulta u otros momentos en los que convergen una serie de factores circunstanciales. Extraen de este material el contenido de esas fantasías.

Los objetos sexuales que acaban considerando significativamente atractivos son los propios de estas publicaciones: mujeres muy jóvenes, apenas adolescentes, ingenuas e inexpertas a las que el hombre inicia y forma en la sexualidad, papel que encuentra muy gratificante, o profesionales de lujo, verdaderas expertas en proporcionar toda clase de placer y de practicar variados juegos eróticos, según cada caso.

Por razones diversas, edad, recursos económicos, etc., están privados de esos objetos sexuales a los que saben que otros hombres acceden fácilmente. Justifican incluso su actuación, alegando que esos otros hombres hacen lo mismo que ellos y, como pueden pagarlo, no sufren ningún tipo de recriminación y mucho menos aún son encarcelados.

Se consideran más como víctimas que como agresores pues si no hubieran sido condicionados por esos estímulos, no habrían llegado a cometer los delitos. Consideran que la acción represiva no ha de ir dirigida contra ellos, sino contra quienes editan, publican y divulgan ese material y potencian esas ideas sobre ciertos aspectos de la sexualidad.

Violación a menores: Estos agresores niegan la autoría de los hechos que atribuyen a la fantasía infantil, a las malas interpretaciones de una manifestaciones afectivas normales o incluso a actitudes de venganza por parte de los progenitores que han inducido a sus hijos a inventar tal historia con el fin de perjudicarlos.  Tienen una personalidad inmadura y deficiencias en su comportamiento sexual. También padecen un desequilibrio afectivo. Son introvertidos y con dificultades para establecer vínculos emocionales estables y con déficit en sus habilidades sociales.

  • Clasificación de Groth y Birnbaum (1979) de agresores sexuales de menores:
Distinguen dos grandes grupos y varios subgrupos:

El primer grupo, el más numeroso, está formado por aquellos agresores que emplean el engaño, la persuasión o la presión psicológica para conseguir que los niños acepten este tipo de conductas. No usan la violencia ni el asalto, sino que, basándose en su autoridad de adultos, padre, maestro, etc., consiguen involucrar a los niños en actividades sexuales. Este grupo debe ser subdividido, a su vez, en dos: 
  1. Los pedófilos. Estos adultos se sienten orientados sexualmente exclusiva o preferencialmente por los niños, siendo la interacción con ellos lo que les proporciona mayor satisfacción sexual. Se trata de sujetos inmaduros que no son capaces de adoptar pautas de comportamiento sexual adulto. La causa subyacente parece ser el temor a las relaciones sexuales con adultos. Éstas le producen ansiedad o inseguridad, mientras que en la relación con los niños se sienten más seguros.
  2. Adultos que mantienen actividad sexual con otros adultos, que llevan una vida sexual aparentemente normal, pero que, en determinadas circunstancias, abusan sexualmente de menores. Entre estas circunstancias, están los conflictos matrimoniales, la insatisfacción sexual, la baja autoestima y el abuso del alcohol u otros tipos de drogas. A diferencia de los pederastas suelen actuar con los niños como si éstos fueran mayores de edad. Este es el subgrupo más numeroso de todos.

El segundo gran grupo está formado por aquellos que usan la violencia o diferentes formas de asalto. Dentro de este grupo tenemos:
  • Sujetos que parecen recurrir a este tipo de conductas porque se sienten angustiados por otros motivos y desplazan a este campo sus sentimientos buscando compensaciones.
  • Otros parecen disfrutar usando el poder sobre el niño, porque se esta forma controlan y dominan totalmente al otro.
  • Algunos son sádicos (muy poco), que obtienen satisfacción cuando la actividad sexual va acompañada del sufrimiento del niño con quien interactúa.
Para los sujetos que pertenecen a estos tres grupos, aunque su deseo sexual no esté orientado exclusivamente hacia los niños, éstos tienen un especial atractivo porque son más fáciles de doblegar y dominar, sin riesgo para el agresor. La edad que comprende el mayor número de abusadores sexuales se encuentra entre los 30 y 50 años.



Galiana, S., Marianas, H. (1995) "Estudio sobre el agresor: causas y situaciones de las agresiones sexuales". Madrid 

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miércoles, 16 de enero de 2013

VICTIMIZACIÓN SEXUAL Y ESTIGMATIZACIÓN

Pintura de Mujer Solitaria
Las agresiones sexuales contra adultos son cometidas casi exclusivamente por hombres, y la mayoría de las víctimas son mujeres, aunque también hay hombres (sobre todo en prisiones). Puede tener lugar en diferentes contextos: entre extraños, entre conocidos, durante una cita o dentro de la pareja.

Se trata de uno de los delitos más frecuentes de los que son víctimas las mujeres. Del total de delitos experimentados por la mujer más del 50% están relacionados con las agresiones sexuales. Es el delito más amenazante a la integridad física y psicológica y el que produce mayores secuelas psicológicas a corto y largo plazo. 

Se ha demostrado que las mujeres que sufren agresiones sexuales no responden a unas características físicas, sociales o culturales determinadas. Sin embargo, las víctimas son, frecuentemente, mujeres de 18 a 25 años. La vulnerabilidad de este grupo de edad deriva de una exposición mayor a diversas situaciones (características del tipo de vida habitual en esta edad) y a una percepción menor del posible riesgo que conllevan.

Cabe destacar que son los delitos que menos se denuncian, siendo una de las cifras negras más elevadas; motivo por el cual al agresor se le alienta su conducta, se le crea una cierta sensación de impunidad y aumenta la probabilidad de ocurrencia de nuevas conductas de agresión en el futuro. Los motivos por los que sólo se denuncian una mínima parte de las violaciones son tres fundamentalmente:
  • Por falta de información y desconfianza respecto al trato y eficacia de la policía y del sistema judicial. Por temor al ridículo, por percibirse víctima de la censura social y por sentirse responsable de lo ocurrido. Por la vergüenza y/o ira que puede suponer el revivir el acontecimiento traumático.
  • Por miedo a represalias por parte del agresor. Se sabe que los agresores sexuales son parientes y conocidos de la víctima en casi  el 50% de los casos.
  • Por la reacción de temor y grado de confusión que suscita la vivencia inmediata de la agresión sexual y que puede persistir, incluso con mayor intensidad, horas después de la agresión.
Durante la agresión, la víctima intenta sobrevivir y, dependiendo de la situación, puede comportarse de distintas formas; algunas intentan huir, otras razonan o discuten con el agresor, se defienden o se quedan quietas con el fin de no provocar más violencia. En ocasiones, las víctimas intentan memorizar detalles referentes a la agresión o agresor. En el momento de la agresión, normalmente experimentan un miedo muy intenso. De ahí que la respuesta inmediata sea el shock, aturdimiento e incredulidad. Después, pueden sentirse culpables y pensar que deberían haber hecho algo más para evitar lo sucedido.

¿Cuál sería la respuesta del entorno social de la  mujer víctima de agresión sexual?

Tras el suceso, las creencias y actitudes sociales hacia la violación ejercen dos funciones básicas: una interpretación restrictiva del concepto legal y la trivialización social de la experiencia vivida por la víctima. Diversos estudios señalan la existencia de seis grupos de creencias sociales que sostienen el proceso estigmatizante:
  1. Las víctimas son vistas como responsables de su suerte.
  2. Son culpabilizadas.
  3. Son ignoradas socialmente.
  4. Se tienden a percibir como perdedoras.
  5. Se teme a su "contenido".
  6. Se les evita por ser "depresivas".
Los primeros estudios sobre el proceso estigmatizante de la sociedad sobre la víctima se iniciaron a finales de los años sesenta y principios de los setenta, focalizando su estudio en la pobreza, el racismo, el sexismo como elementos explicativos (algunas explicaciones sobre la agresión sexual). Posteriormente, se pasó al concepto de "victim-precipitation" y su relación con estereotipos y mitos. En la actualidad, la tendencia a culpabilizar socialmente a la víctima se muestra como un proceso psicosocial complejo. Este aparece en el entrono social de la víctima, estigmatizante hacia la víctima, al establecer una interpretación equívoca de la agresión sexual.


En relación a la estigmatización social de la víctima y los procesos de inculpación se han desarrollado dos teorías explicativas:
  1. Teoría del mundo justo (Alexander, 1980): Según la cual, el mundo es un lugar justo y las cosas malas solo suceden a gente mala, por ello se culpabiliza a la víctima de su infortunio.
  2. Teoría de la atribución defensiva (Selby y Warring, 1976): Según esta teoría, las personas deseamos protegernos y para ello, evitamos identificarnos con la víctima.
Entonces la estigmatización se produce al contemplar a la víctima no cómo es y se comporta, sino cómo se esperaba que hubiese sido y comportado.

Los procesos de estigmatización varían de intensidad según diversos factores:
  • Tipología delictual: máxima en la violación
  • La severidad del suceso: a menor severidad menor estigmatización.
  • El sexo de la persona evaluadora: el masculino tiende a estigmatizar más a la víctima que el femenino.
  • La percepción social de la personalidad: las víctimas con unas características previas de personalidad positivas tienden a ser vistas socialmente en términos positivos.
  • Contexto sociocultural: según el marco sociocultural de referencia del grupo social.
Varios estudios relacionan la estigmatización social con la autovaloración. Así, las manifestaciones de desaprobación social hacia la víctima como persona, están asociadas con una disminución de su nivel de autoestima. Un grado similar de estigmatización social no afecta por igual a todas las víctimas; así, aquellas con una fuerte personalidad y optimismo antes del suceso tienden a negar la autodecepción, mientras que con un bajo nivel de optimismo degradan aun más su nivel de autoestima.

El apoyo social tiene un efecto positivo tras la victimización sexual, manteniendo e incrementando la autoestima de la víctima.

Notgrass y Newcomb (1990) sintetizan estudios previos con agresiones sexuales y concluyen que el apoyo social correlaciona positivamente con el afrontamiento y el ajuste a largo plazo al minimizar la ansiedad, evitar el desarrollo ulterior del síndrome de estrés postraumático, la aparición de disfunciones sexuales, la disolución de las relaciones sociales, los cambios negativos en los sistemas de creencias hacia los hombres, reducir los intentos de suicidio y prevenir la recaída a largo plazo.

Figley y MacCibbin, (1983) destacan que la red familiar actúa protegiendo a la víctima contra la aparición del síndrome de estrés postraumático de cuatro formas: 1. detectando los síntomas, 2. ayudando a afrontar el problema, 3. recapitulando sucesos significativos y 4. facilitando la expresión de los sentimientos sobre el suceso. En este último aspecto, cuatro acciones básicas a realizar son: la clarificación, la comprensión, corrigiendo distorsiones que permitan objetivamente y apoyando nuevas perspectivas sobre el suceso.

El papel de la familia:
  • permite expresar a la víctima sus sentimientos sobre el suceso.
  • ayuda en la resolución de problemas
  • reduce los sentimientos de inequidad al intentar localizar al agresor o vigilantismo
  • es un elemento esencial en el proceso de reajuste social de la víctima.


Queda claro que los delitos sexuales son peculiarmente victimizantes, ya que dejan serias secuelas psicológicas y sociales, producen importantes cambios en la personalidad, de conducta y provocan una notable sobrevictimización. Ante todo la víctima no debe sentirse rechazada, fenómeno peculiar que no se presenta en otros delitos. La sobrevictimización de la víctima se inicia al terminar la agresión, ya que tiene que decidir la conducta a seguir. Si no denuncia, el hecho queda impune, no se le hará justicia y además, presenta la posibilidad de que el agresor, al verse impune, se vea tentado a reincidir. si denuncia, queda expuesta al estigma social, a la curiosidad pública y a un molesto procedimiento penal que, en ocasiones, puede llegar a ser más traumatizante que la agresión sexual en sí misma debido a la cantidad de reconocimientos médicos, interrogatorio policial, entrevistas en medios de comunicación, etc. que dificultan su reajuste social.

Bibliografía:

Soria Verde, Miguel A., Hernández Sánchez, José A. (1994) "El agresor sexual y la víctima"  Boixareu Universitario. Barcelona.

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domingo, 13 de enero de 2013

CREDIBILIDAD DEL TESTIMONIO DE MENORES VÍCTIMAS DE ABUSOS SEXUALES

Hasta no hace mucho, se desestimaba sistemáticamente como indicadora de abuso cualquier evidencia física que presentaran los niños, y se hacía lo propio con sus declaraciones, pues se consideraba a los niños cognitivamente incompetentes, faltos de moral, seres promiscuos y seductores, o dementes que inventaban falsas acusaciones (Garrido y Masip, 2001). Poco a poco el número de denuncias de casos de abuso sexual han ido incrementándose notablemente, lo cual muestra una superación de estas visiones negativas de las alegaciones infantiles. Sin embargo, el número de casos "infundados" también es mayor. Esto se debe a diversos factores y, entre ellos, a una tendencia en los profesionales a creer sin ningún cuestionamiento toda acusación formulada por un menor y al empleo de técnicas inadecuadas de entrevista que contribuyen a confirmar alegaciones falsas.

Autores como Sachsenmaier y Watson (1998) describen una serie de errores que a menudo contribuyen a confirmar falsas acusaciones o a crear una falsa memoria en el menor.  Algunos de estos errores son:
  1. Preguntar al niño si lo que dice es verdad o es mentira. A menudo los más pequeños no diferencian entre mentira y equivocación.
  2. Estos autores critican que algunos entrevistadores consideren que si el niño dice que el abuso sucedió entonces dice la verdad, mientras que si lo niega es que miente.
  3. Algunos evaluadores no son conscientes de que los dibujos anatómicamente correctos difieren de cualquier cosa que un niño pequeño haya visto antes, y probablemente produzcan reacciones emocionales fuertes.
  4. Empleo de preguntas que sugieren la respuesta.
  5. Empleo de preguntas Sí/No.
  6. Creer en toda alegación, por muy improbable que sea, o racionalizar como creíble lo increíble.
  7. Cometer el error de Otelo*: algunas conductas que muestran algunos niños abusados también pueden deberse a otras posibles causas que hay que examinar. 
  8. Interpretar la conducta normal bajo una nueva luz como indicadora de que el abuso ha sucedido.
  9. Técnicas de refuerzo selectivo ante información que sugiere que el abuso sexual se ha producido.
  10. Formular las conclusiones "favoritas" en base a datos parciales, desestimando la información desconfirmatoria.
  11. Empleo inapropiado de la autoridad. Por ejemplo, entrevistar al niño delante de sus padres o cuidadores, mostrar la propia autoridad como policía uniformado, etc.
  12. Combinar los roles de entrevistador forense y terapeuta. "El evaluador realiza un examen imparcial de los datos, el terapeuta actúa como abogado del niño. Uno no puede hacer ambas cosas al mismo tiempo".
  13. Ser entrevistado en repetidas ocasiones y por profesionales poco preparados para ello. Esto no sólo supone un nuevo abuso para el niño (victimización secundaria, por parte del sistema penal), sino que además puede distorsionar su recuerdo de los hechos tal y como sucedieron.
  14. No grabar en audio o vídeo la entrevista: Una única entrevista forense inicial, bien conducida y que se grabe, debería de eximir al niño de toda participación posterior en los procedimientos judiciales, lo cual evitaría su victimización secundaria a manos del sistema de administración de justicia y no demoraría el inicio de su tratamiento.
  15. Dar por sentado que el niño nunca miente.
En relación a este último punto, investigaciones han demostrado que los niños tienen capacidad para mentir desde muy pequeños (en juegos, cuando un adulto se lo pide...) y los adultos son incapaces de detectar su mentira. Esto es un problema en casos de abuso sexual infantil, ya que en los tribunales siempre se va a cuestionar, por la propia naturaleza del sistema de administración de justicia, la declaración de las partes enfrentadas, especialmente cuando los hechos que narran una y otra no concuerdan. Cuando hay evidencia del abuso no supone un problema. Pero esto no es siempre así:
  • Normalmente el agresor dispone las cosas de manera que no haya testigos visuales de la agresión.
  • Dado que la mayoría de los casos éste no es un delito violento, a menudo no hay evidencia de traumatismo físico alguno. Puede además no haber evidencia física de actividad sexual.
  • Incluso, cuando hay evidencia médica, ésta puede, en el mejor de los casos,  ser un indicador de que el abuso ha ocurrido, pero difícilmente permitirá identificar a un perpetrador específico.
  • No hay indicadores conductuales que, en y por sí mismos, señalen que el niño ha sufrido abuso sexual. Si bien las conductas sexualizadas son más frecuentes entre víctimas de abuso, también se dan en niños no-abusados, y dependen en gran medida del contexto cultural y familiar del niño, de forma que no se puede saber cuál es la conducta normativa de un niño determinado. Así mismo "no hay síndromes conductuales específicos que caractericen a las víctimas de abuso sexual" (Lamb,1994)
  • Los acusados no suelen confesar, a no ser que se les convenza de que se ha prestado credibilidad a las declaraciones del niño; quizás esto se deba al profundo rechazo social frente a los delitos sexuales, especialmente cuando la víctima es menor de edad, lo cual puede causar profundo malestar en el culpable con lo que no confesará hasta el último momento.
  • Negación de los padres.
  • Las técnicas de investigación utilizadas por los defensores de la ley o servicios de protección son de baja calidad.
  • En ocasiones, el juicio profesional de si el abuso se ha producido o no se basa en aspectos irrelevantes para dicho juicio.
En contextos jurídicos, la mejor estrategia es un acercamiento neutral al tema, sin presuponer ni la realidad ni la falsedad de las alegaciones. Para ello, se ha desarrollado una técnica que pretende evaluar la validez (coincidencia con la realidad) del testimonio infantil, basándose exclusivamente en lo que en muchos casos es la única evidencia en casos de abuso infantil: la propia declaración del niño.

Esta técnica es el Análisis de la Validez de las Declaraciones (SVA), que integra un análisis comprensivo de la competencia verbal y cognitiva, información biográfica y de la relación entre el agresor y la víctima. Su componente principal, el Análisis del Contenido de la Declaración Basado en Criterios (CBCA), se refiere al análisis de los contenidos de las declaraciones a través de 19 criterios de credibilidad. Consiste en una entrevista semi-estructurada que daría pie a la obtención de la información posteriormente analizada dando la posibilidad de diferenciar entre los enunciados verdaderos y aquellos que no lo son (Steller, 1989). Finalmente, tras evaluar la calidad del testimonio con el CBCA han de tenerse en cuenta once criterios de validez agrupables en cuatro categorías generales (Steller, Raskin, Yuille y Esplín (1989).

Bibliografía consultada:

Jiménez Gómez, Fernando (Coord.) (2001) "Evaluación psicológica forense. Fuentes de información, abusos sexuales, testimonio, peligrosidad y reincidencia" Salamanca. Amarú Ediciones. Colección Psicología. Tomo 1

Muñoz García, Juan Jesús; Navas Collado, Encarnación; Graña Gómez, José Luis (2003) "Evaluación de la credibilidad mediante indicadores psicofisiológicos, conductuales y verbales"

martes, 8 de enero de 2013

MENORES VÍCTIMAS: ABUSO SEXUAL Y SUS EFECTOS SOCIALES E INSTITUCIONALES

La incidencia del abuso sexual infantil es muy alta. Abarca distintos tipos de comportamientos: caricias, la introducción de objetos en la vagina o en el ano, sexo oral, la masturbación frente a un niño, promover la prostitución de menores, obligar a los niños a presenciar escenas sexuales, y la penetración vaginal o anal con el pene.

Los agresores suelen proceder de todas las profesiones, razas y grupos étnicos. La mayoría de ellos son personas conocidas por la víctima y, muchas veces, adultos en los que debería poder confiar. Las víctimas del abuso, por su parte, lo son por igual de ambos sexos. El período de mayor vulnerabilidad está entre los 7 y los 13 años de edad, aunque un 25-35% de todas las víctimas menores de edad suelen tener menos de 7 años. 

Mandansky (1996) sostiene que los niños con mayor riesgo de ser víctimas de abuso sexual son aquellos con capacidad reducida para resistirse o descubrirlo, como son los que todavía no hablan, los que muestran retraso del desarrollo y minusvalías físicas y psíquicas, así como los niños con familias desorganizadas o reconstituidas. Para otros autores, Pérez y Borrás (1996), son también sujetos de alto riesgo los niños prepúberes con muestras de desarrollo sexual, así como los que se encuentran carentes de afecto en la familia, que puedan inicialmente sentirse halagados por la atención de la que son objeto, al margen de que este placer con el tiempo acabe produciendo en ellos un sentimiento de culpa.

También los niños víctimas de malos tratos son fácilmente susceptibles de convertirse en objeto de abusos sexuales. El incumplimiento de las funciones parentales, así como el abandono, el rechazo físico y emocional del niño por parte de sus cuidadores, propician que éstos sean manipulados más fácilmente con ofrecimientos interesados de afecto, atención y recompensas a cambio de sexo y secreto. Son familias de alto riesgo las constituidas por padres dominantes y violentos, así como las formadas por madres maltratadas.

Sin embargo, existen una serie de creencias erróneas sobre los abusos sexuales a menores:
  • Muchas personas piensan que los abusos sexuales no existen o son muy infrecuentes.
  • Los agresores son personas con graves patologías o con desviaciones sexuales:  casi todos los abusos son cometidos por sujetos aparentemente normales.
  • Solo ocurren en ambientes muy especiales, asociándolo con la pobreza, baja cultura, etc: están presentes en todas las clases sociales, zonas geográficas, etc.
  • Los niños fantasean.
  • En la actualidad hay más abusos a menores: ahora son estudiados, mientras que anteriormente era un tema tabú.
  • Los agresores son casi siempre familiares o casi siempre desconocidos: los agresores pueden tener relaciones de diversos tipos con la víctima.
La mayor parte de los casos no son conocidos por las personas más cercanas a las víctimas. Éstas tienden, con mucha frecuencia, a ocultarlos.

En ocasiones, las madres de los menores, aunque lo sepan, reaccionan ocultando los hechos, sobre todo si el agresor es un miembro de la familia. En bastantes casos, en especial cuando la hija es objeto de abusos sexuales por parte del padre, las madres participan de una u otra forma en los hechos, a veces, incluso incitando al padre de forma más o menos explícita. De esta forma no es infrecuente que la madre desempeñe un rol facilitador del incesto con el fin de retener al marido y obtener seguridad familiar; se trata, normalmente, de madres muy dependientes del marido o con relaciones sexuales insatisfactorias con él.

Lo que favorece este tipo de abuso entre familiares que conviven juntos es el secretismo. Muchos casos no son denunciados. Los agresores se por tan bien en la calle y también en la cárcel (cuando ingresan en ella), lo que hace que el entorno más próximo de la víctima no de crédito al testimonio de ésta. Además, aunque el agresor sea juzgado y se compruebe la veracidad de los hechos, ese mismo entorno culpabiliza a la víctima e incluso resaltan el "cariño" que existía entre ambos, sobre todo si se trata de niños muy pequeños, sin entender que este tipo de conductas puede producir secuelas y daños irreparables en el desarrollo personal e incluso estas víctimas pueden llegar a convertirse en futuros agresores sexuales cuando sean adultos.

En la víctima se producen sentimientos ambivalentes cuando el agresor es una persona muy cercana que, en ocasiones, es muy querida por él.

¿Qué efectos produce este delito sobre la víctima desde el ámbito familiar, del medio social, de las instituciones y judicial?

Helena de Marianas resalta la problemática de este delito desde dichos ámbitos en los que nos podemos encontrar con algunas de estas situaciones:

ENTORNO FAMILIAR:  Cuando el abuso es intrafamiliar y el abusador tiene alguna relación de parentesco con el menor se suelen dar las siguientes situaciones dentro de la familia:
    • Actitud de Negación
    • Actitud de Ocultamiento
    • División familiar
    • Presión a la víctima para que modifique el testimonio presentado en la denuncia
    • Continuar la convivencia o frecuentes contactos entre el abusador y la víctima
    • Mecanismos de negación y pensamientos de corresponsabilidad
    • Sobredimensión de las consecuencias
A parte de estas situaciones en el entorno familiar también se dan determinadas actitudes como pueden ser:
    • Interrogatorios reiterados, tanto los de carácter individual como los efectuados por grupos familiares, especialmente por miembros de la familia hostiles a la víctima y, sobre todo, los que se realicen en presencia del abusador.
    • Mensajes culpabilizadores o de incredulidad directos o indirectos, mucho más frecuentes cuando la víctima es una niña.
    • Concesiones de privilegios compensatorios y refuerzos a la utilización del abuso sufrido como medio de evitar responsabilidades, tareas tediosas, acceder a objetos o actividades deseadas tiempo atrás.
    • Reprimir la afectividad de la víctima de su contacto con adultos.
EN EL MEDIO SOCIAL: Los medios de comunicación han cumplido un papel positivo de divulgación y ayuda para acabar con el secretismo. Pero también presentan aspectos negativos que contribuyen a aumentar la problemática asociada al abuso sexual infantil, como son:
    • Reforzamiento del victimismo
    • Excesiva atención a los detalles morbosos.
    • Publicación de testimonios sin contrastar ni investigar mínimamente sobre el nivel de credibilidad que pueden constituir argumentos para no poner una denuncia.
    • Búsqueda del sensacionalismo.
    • Déficit en preservar la intimidad de los menores al presentar abiertamente a sus padres u otros familiares directos que inevitablemente conducirán a su identificación por parte de conocidos y vecinos.
EN LAS INSTITUCIONES:
  • Desde el ámbito escolar: Cuando el abuso lo lleva a cabo un docente o sucede en la escuela, surgen una serie de conflictos asociados:
    • La dirección y el claustro tienden al ocultismo, esgrimiendo la necesidad de no crear alarma social con lo que se viola el derecho a la información de los demás padres y se provoca la consiguiente reacción negativa de los mismos cuando por fin son conocedores de los hechos.
    • Abundante rumorología entre profesores por un lado y padres por otro, demandando y transmitiendo datos, no siempre ciertos, con el fin de efectuar un juicio paralelo y posicionarse sobre quién dice o no la verdad. con frecuencia este posicionamiento contamina el posterior proceso judicial, porque ambas partes se prestan a declaraciones que no están directamente relacionadas con los hechos.
    • Cuando un menor verbaliza un abuso sexual la reacción de los docentes puede ir desde el desentendimiento hasta acciones precipitadas de denuncia, pasando por interrogatorios innecesarios y mensajes de incredulidad.
  • Desde el ámbito sanitario: 
    • Reiteración en las exploraciones, aunque se sepa desde el inicio que el caso va a ser derivado a otro servicio.
    • Demoras en la actuación cuando intervienen varios servicios, afectando negativamente a las posibilidades de recuerdo (por ejemplo en niños muy pequeños que a veces son evaluados un año después de la verbalización de los hechos).
    • Se pide a familiares más directos, generalmente los padres, que interroguen al menor para conseguir información, sin tener en cuenta que estos padres tienen una alta implicación emocional en los hechos y que carecen de conocimientos técnicos.
    • En ocasiones estos menores son internados en centros inadecuados donde existe un alto índice de conflictividad y comportamientos agresivos por parte de otros menores, lo que provoca un fuerte victimismo secundario, impidiendo, en muchos casos, su normalización.
    • Tratar de mantener a toda costa una unidad familiar por muy patológica que ésta sea, tratando de reinsertar a la víctima en dicha unidad en casos en que no es aconsejable para su salud mental.
  • Desde el ámbito judicial: El proceso judicial es una vivencia traumática y aversiva que supone una elevada victimización secundaria que hace que el menor se encuentre en una situación de total indefensión. Llama la atención el trato que se da a un menor dependiendo de si es autor de un delito o si es víctima: si es autor de un delito, será tratado como menor y se tiene con él las consideraciones propias de su edad cronológica; sin embargo, si es menor víctima es tratado como adulto sin apenas consideraciones específicas. Esto último se plasma en:
    • Fundamentar la credibilidad de la víctima en su estabilidad psíquica y emocional y en su falta de capacidad fabulatoria, con lo que los menores especialmente creativos, con déficit intelectuales o desajustes en su personalidad quedan desprotegidos ante el abuso sexual, ya que, en el caso de sufrirlo, no serán considerados testigos válidos, circunstancia de la que en muchos casos ya será consciente la víctima, con el subsiguiente detrimento de su autoestima.
    • El poder estresante de las prácticas judiciales: ratificación, testificación en sala, etc., especialmente aversivas para menores tímidos, para los que solo el hecho de hablar en voz alta en presencia de adultos desconocidos ya resulta una experiencia ansiógena, aun cuando lo verbalizado no tenga fuerte contenido emocional. Tanto la puesta en escena como la dificultad de los que ha de ser contado resultan traumáticas para ellos.
    • La presencia del abusador, que muy a menudo es una persona con ascendencia sobre el menor, durante su testificación en la vista oral  supone un motivo añadido de ansiedad para la víctima, ya que aun cuando sea ocultado a la vista del menor por un algún artefacto, los niños y niñas informan, en muchas ocasiones, de haber sido conscientes de su presencia por diversos ruidos, carraspeos, producidos por él.
    • La larga duración del proceso, muchas veces de años, desde que se denuncian los hechos hasta que se celebra la vista oral, que dificulta la posibilidad de olvido e impide la finalización de la experiencia, al tiempo que incide negativamente en el proceso terapéutico.
    • La facilidad con que se aceptan los desmentidos de las víctimas, testimonios a los que habría que aplicar el mismo rigor que a las verbalizaciones de abuso, porque si así se hiciera, en muchos casos se detectaría que tras estos desmentidos están fuertes presiones familiares que le llevan a esta nueva información.

No hay que olvidar, que a su vez, los profesionales y los centros que trabajan en la detección, evaluación y tratamiento del abuso infantil, se encuentran en situación de vulnerabilidad porque a veces son denunciados a instancias judiciales o institucionales por personas que consideran que sus intereses o intenciones han sido perjudicados por la actuación de dichos profesionales.

Mención a parte merecen las acusaciones falsas de abuso sexual infantil, será  la próxima entrada....

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jueves, 27 de diciembre de 2012

ALGUNAS EXPLICACIONES SOBRE LA AGRESIÓN SEXUAL

Entre las explicaciones que hacen referencia a la agresión sexual hacia las mujeres se encuentran las que proceden de la antropología cultural, que asocian los conceptos y prácticas de masculinidad "buena" con tres áreas de acción social que han sido reivindicadas como cualidades esenciales del núcleo de la masculinidad hegemónica en las sociedades patriarcales:
  • la procreación, como heterosexualidad normativa y como terreno de dominación sexual sobre la mujer,
  • la protección, como prácticas de control físico de los hombres como enemigos y las mujeres como propiedad de los hombres, y
  • la provisión de bienes y alimentos para la familia y la comunidad que legitima la exclusión de las mujeres de las áreas de alto estatus del trabajo remunerado y de la toma de decisiones.
La actividad delictiva aparece como la antítesis de la actuación social de dominación masculina legítima y como amenaza a las prácticas de procreación, protección y provisión. La fijación masculina con la procreación como heterosexualidad normativa, con la dominación a través del control sobre las personas débiles, principalmente mujeres y niños, establece el nexo decisivo para las prácticas de agresión sexual.

Dichas prácticas y su control pueden diferenciarse debido a causas situacionales, culturales e históricas; no obstante:
  • Los autores de violación hetero y homosexual son casi siempre masculinos.
  • A través del tiempo y de las diferentes culturas, la violación hetero y homosexual se ha identificado con un campo donde la afirmación de la masculinidad y la dominación está en juego.
  • La violación o reducción de mujeres (como propiedades masculinas) es una fuente tradicional de peleas masculinas.
  • La agresión sexual está situada en el límite del control estatal del delito y de las políticas de género.
  • La violación forzosa de las mujeres se da como práctica masculina colectiva en tiempos de guerra y de lucha étnica o en las subculturas delictivas. Prácticas colectivas de agresión o abuso sexual se pueden ver también en el turismo sexual.
Como ejemplo de estas prácticas de control se pueden citar algunos ejemplos. En Kenia, en 1993, en los campos de refugiados, fueron violadas centenares de mujeres por hombres de tribus próximas. Las mujeres son, en cierto modo, consideradas como botín de guerra. Históricamente, la posesión de las mujeres por parte del ejército vencedor o conquistador ha supuesto un símbolo de victoria, una humillación para el vencido, y una práctica habitual del terror y sometimiento de la población. 

Durante la guerra civil española, el general Queipo del Llano hacía el siguiente discurso radiofónico: "Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los rojos lo que es un hombre. De paso también a las mujeres de los rojos, que ahora por fin han conocido hombres de verdad, y no castrados milicianos".

En Irán, el régimen de Jomeini decretó que ya que las vírgenes, según la ley islámica, no podían ser ejecutadas, serían violadas de antemano.

Para las teorías feministas la violación es un mecanismo de control social, de dominio sociopolítico, donde los medios de comunicación y la pornografía juegan un papel importante, ya que perpetúan la permisividad y mantienen creencias erróneas sobre la masculinidad.

Para Marshall en la teoría general sobre delincuencia sexual intervienen varios factores: los vínculos paternos-filiares, las relaciones estrechas entre adultos, la soledad y los estilos de apego, la historia sexual juvenil, la pornografía, las influencias socioculturales, los procesos de condicionamiento, la autoestima y la empatía.

Las tendencias desviadas de los agresores sexuales tienen su origen en las experiencias de la niñez y juventud. Estas experiencias ocasionan su vulnerabilidad que, a su vez, genera una visión sobre uno mismo y sobre los demás que, combinada con pobres habilidades sociales, impide al chico en fase de crecimiento satisfacer sus necesidades de un modo socialmente adecuado. Los mensajes socioculturales que dotan a los varones de poder y privilegios son interiorizados por estos chicos y la desinhibición que producen ciertas influencias, así como las oportunidades que se presentan, preparan el terreno para la aparición y la posterior consolidación de las agresiones sexuales.

Según Marshall, los hombres tienen una tendencia innata a satisfacer sus propios deseos y pueden aprender a controlarla, especialmente en lo que se refiere a la relación entre sexo y agresión. Por su parte, Moyer afirma que las condiciones ambientales y el aprendizaje ejercen un gran poder de control sobre el comportamiento, sobre las disposiciones innatas. Por lo tanto, el comportamiento estaría determinado por la interacción entre lo innato y lo adquirido. Los factores que interfieren o dificultan el desarrollo de inhibidores son precisamente aquellos que, bajo ciertas condiciones, facilitarán la unión entre el sexo y la agresión en determinados individuos. Según esta idea, las teorías que tratan de demostrar que los violadores están determinados biológicamente no son válidas, ya que no tienen en cuenta factores determinantes como el proceso de aprendizaje o la interiorización de valores sociales (sobre todo el concepto que socialmente muchos hombres tienen respecto a las mujeres). A lo largo de los años, han sido muchos los estudios llevados a cabo para explicar que estas conducta tienen una bases biológica, entre los que destacan:
  • Elevados niveles de testosterona en delincuentes sexuales de sexo masculino, pero no hay relación significante entre una hormona sexual y la delincuencia sexual. Además, tampoco serviría para explicar estos delitos cuando son realizados por mujeres (mayoritariamente los agresores son hombres, pero también se da un pequeño porcentaje de mujeres agresoras sexuales)
  • Anomalía  cerebral.
  • Se trata de una característica determinada por la evolución, que ha modelado a los hombres para que deseen tener muchas parejas y experiencias que permitan aumentar su presencia de sus genes ancestrales en su entorno actual y futuro. Esto no es aplicable a los abusos sexuales sobre menores.
Parece que las alteraciones biológicas y los trastornos de la personalidad no son factores que impulsan a los delincuentes sexuales a realizar sus prácticas delictivas. Su comportamiento sexual está trastornado en el sentido en que parecen estar obsesionados con el sexo y afrontan los altibajos de la vida con comportamientos sexuales tanto normales como anormales. Muchos de estos delincuentes fueron víctimas de abusos en la infancia y algunos muestran toda una serie de conductas sexuales desviadas. Su comportamiento social es anómalo y tienen percepciones y actitudes distorsionadas que les impiden entablar relaciones satisfactorias. Estas percepciones y actitudes, a su vez, justifican sus prácticas.

Bibliografía: 

Díez Celaya, Rosalía (1997) "La mujer en el mundo" Madrid. Acento Editorial. Colección Flash, nº 73
Marshall, William L. (2001) "Agresores sexuales" Barcelona. Editorial Ariel.